10/26/2005

Del YO

El ansia del noviasgo ha bajado considrablemente. Me siento cada vez más tranquilo. Como era de esperarse, no he hecho nada por mi cuerpo. Asignatura pendiente. Jejeje.

Pero ese no es mi tema al sentarme al escribir. Es recordar que cuando tenía 16 años tenía una teoría de la vida que hoy se me refresca. No sé de dónde salió o el porqué se me ocurrió. Quizá por la necesidad de un ateo de encontrarle una explicación a la vida. En ese entonces le platicaba a mis amigos en los cafés que yo creía que todos compartíamos una misma alma, la misma escencia humana. Era esa alma lo que nos hacía seres humanos.

Y era objetivo del ser humano abrir los grifos para que esa alma fluyera. Uno lo hacía cuando escribía un poema, tocaba el piano, resolvía un problema matemático o simplemente se sentaba ante una taza de café a platicar con los amigos.

Yo siempre he despreciado (porque esa es la palabra) las teorías metafísicas y New Age de la vida, siempre me han parecido no sólo estrafañlarias, sino también faltas del más mínimo rigor lógico. Las religiones las desprecio profundamente por otras razones, pero al menos les concedo el valor del rigor de pensamiento, son salvas sus excepciones. Esto viene a colación porque el último domingo en una comida en mi casa, estuve platicando con un amigo de mi mejor amiga, que me explicó a grosso modo lo que es la meditación, o al menos una clase de meditación, no lo sé bien. Y realmente me emocionó y me hizo recordar muchas cosas lo que escuche. La busqueda del yo mínimo. Tanto me impresionó la plática que incluso le pedí me llevara a un retiro de meditación. Pero ahora con más conciencia y menos alcohol en la sangre sé que es muy poco probable que vaya a pasar 48 horas en un retiro sin hablar con nadie.

Sin embargo han quedado muchas ideas en mi cabeza. Primero, reasumo la importancia de entender el significado del yo y no dejo de pensar en esa teoría de mi adolescencia. La idea de un alma compartida me gusta porque me hermana a la humanidad. Me hace sentirme a un lado de cada persona que vive en el planeta y me traslada a esa frase hermosa de John Donne y así dejo de preguntarme por quién doblan las campanas y sé que están doblando por mí. Además la creo no sólo porque me gusta. Hay un algo que compartimos a un nivel muy profundo los seres humanos que nos permite comprendernos. Más allá de la cultura, tenemos un diálogo permanente. El hombre que pintó el toro de Altamira sintió la misma potencia animal que Goya. Somos miles a los largo de los últimos cinco siglos que hemos llorado por el Romeo y Julieta de Shakespeare. Entendemos el sufrimiento de una madre en Sierra Leona que ve morir a su hijo. El sentimiento único que provoca la senación de ver el mar.

Y la segunda parte, la de los grifos, es la otra maravilla humana: la comunicación. Y de ahí viene el arte, la ciencia y toda la creación y la cultura humana. Para que exista conocimiento es imprescindible la comunicación. Sé que digo una obviedad, pero es lo que le da sentido a la idea.

Partiendo de esto llego a una conclusión ética: un objetivo primordial en mi vida es el abrir esos grifos. Comnunicarme para así encontrarme con los demás y ser parte de la humanidad. Y eso implica no sólo volver a escribir, también estar en cada actividad de mi vida conciente de ello. Entregarme amorosamente a los demás y abrir con ellos el diálogo, y no sólo con las personas, también con todo lo que es parte de este mundo.

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