7/31/2006

Reencuentros

El sábado pasado, tras salir de una fiesta, pasé al Gallito de San Ángel a comerme unos tacos. Ahí me encontré a la hermana de mi amigo Enrique. No la había visto en diez años, nos saludamos, intercambiamos un par de comentarios y nos despedimos. Sin embargo ese reencuentro me cimbró. Enrique se suicidó hace más de doce años, un 22 de octubre. Copartimos los años que estuvimos juntos el amor por las letras. También el amor por el café y por la belleza de las mujeres. Un tipo extraordinario que murió antes de probar el mundo. Escribía páginas llenas de su increible cultura y de un ingenio trascendente.

Su recuerdo ha regrsado a mi con una vivacidad maravillosa. He realeído los pocos textos que tengo de él y las palabras que le escribí cuando tuve que enfrentarme a su muerte. Le escribí: "... auqnue pudieron privarnos irremediablemente de tu compañía, nuestro sueño es eterno. Vives y vivirás no sólo en nuestros corazones, también en los de nuestros lectores que debieron haber sido los tuyos.

Nunca tendré el ingenio y la cultura de mi querido Enrique, pero he recordado porque amo escribir. Es sólo dar cauce a las palbras que me persiguen. Escribo para ser libre. Para recrear el mundo.

El poeta es un pequeño Dios, dijo Huidobro. Todo artista es Dios.

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