9/04/2006

La vida en sí: La Libertad y el Azar

Si dios no existe, no hay fuerza alguna que guíe nuestros pasos. Ni los pasos del mundo.

Me imagino que puede ser aterrador pensar en lo blanda que es nuestra existencia. Pero partamos del principio principio de nuestra existencia. La loca carrera de entre 200 y 400 millones de espermas enloquecidos por fermentar un óvulo. La victoria de uno u otro de todos ellos nos dará características diferentes. Además si papá se masturbo en la mañana o tuvo una emisión nocturna seremos otros completamente distintos. A eso sumemos los meses de práctica, hasta que el óvulo de nuestra madre, de los cuales desechamos unos cuantos, queda fecundado. A esto agreguemos estas mismas circunstancias con respecto a nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, etc. Para volverse loco. Existimos gracias al más puro de los azares. Puede parecer dramático, pero así es.

Dramático puede ser para algunos, pero en la realidad es bastante liberador. A fin de cuentas nuestra existencia no se la debemos a nadie, ni tiene un fin específico, ni significados ocultos. Somos libres desde el principio. Podemos por lo tanto encontrar para ella el significado que nos plazca.

Pongamos por ejemplo a un católico. Su vida cobra significado por la existencia de Dios. Dios no existe, mucho menos ese dios bíblico ojete y vengativo, pero a él le basta en creer en él para sentir que su vida tiene un significado. Así nosotros, los sin dios ni diablo, podemos hacer exactamente lo mismo, encontrar en la vida el significado de la vida misma.

Y para ellos contamos con una libertad absoluta. Dirán quizá que estamos limitados por nuestra carga genética. Quizá ella provoque alguna enfermedad o quizá nos haga más inteligentes o más tontos. Pero si estamos de acuerdo en que ella es producto de azar, no es en lo más mínimo una limitante, más bien es el marco desde el que iniciamos en un increíble juego de lotería que lleva millones de años.

Otros dirán que estamos limitados por nuestro entorno, por el tiempo que nos todo vivir, por los golpes que nuestros padres nos propinaron, por la cultura que heredamos. Estas sí son barreras para nuestra libertad. Por lo tanto, enemigas de nuestra realización y de nuestra capacidad de encontrarle significado a nuestra vida. Pero esto no es para espantarse. Si estamos aquí, y estos temas nos preocupan, es que hemos vencido infinidad de esas trabas. Quizá es una lucha constante en la que al final salgamos perdiendo, pero cada batalla ganada nos permite ir un paso más allá, y cada paso nos acerca a la felicidad. Espero tratar después este, y otros temas con mayor profundidad, ahora sólo busco un pequeño esbozo, pero hay un tema que me parece trascendental para poder continuar.

Más allá de la lucha en nuestro subconsciente, de nuestras taras cerebrales que requieren atención psiquiátrica, de nuestros demonios ocultos, hay una palabra que puede servir de guía para darnos cuenta por dónde vamos mal: sometimiento. A diario nos sometemos en lugar de estar construyendo la vida que queremos. Nos sometemos por temor, vergüenza, en busca de amparo, etc. No podemos permitir que una parte de nuestra conciencia someta al resto. Tenemos que luchar.

El otro gran enemigo de nuestra libertad, y quizá al que más tememos, es el azar. Dios, cuando murió, dejó de ser el gran titiritero. El dios de los pescadores guió su lancha, les puso un pato en cubierta, les brindó lluvia todos los días. Los que murieron fue por que dios lo quizo. A nosotros nadie nos traza el camino. No hay fuerza externa que nos eche la mano, es más, ni siquiera nos puede brindar consuelo. No nos queda de otra que buscar el consuelo y la ayuda por nuestra cuenta. No tenemos el control de nada. No hablemos ya del mundo, ni siquiera de nuestro cuerpo. Alguien estornuda, nos entra un virus y enfermamos. Un piano cae de un doceavo piso y nos cae encima. Una enfermedad congénita, de ese azar de millones de años, mata a nuestra tía. Nuestra conciencia no puede hacer nada al respecto, sólo estar lista para aceptarlo. Esto está plenamente ligado a la capacidad de nuestra conciencia de aprender a aceptar el cambio, el azar.

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