Ver, entender, trabajar, jugar con la conciencia. Buscar y recorrer nuevos caminos interiores, enfrentarse a fantasmas, verse en la mirada de los demás y verlos a través de la nuestra, plantearse nuevas preguntas y encontrar miles de respuestas y así hasta el infinito.
¿Cuál es el significado de la vida? No lo sé de cierto. A lo largo de la vida he ido teniendo diferentes respuestas. Me imagino, no lo recuerdo con precisión, que alguna vez creí en Dios. Me recuerdo hablando con él antes de un examen para el que no había estudiado y por el que mis padres me colgarían del árbol más alto de la cuadra. No sé si funciono o no. Después fui un revolucionario. Era de izquierda, amaba a Fidel y me sentía muy orgulloso de ciertos fragmentos muy breves de la historia de México. Luego me convertí en un humanista. En lo humano estaba la respuesta a todo. Luego el vacío, la nada, la nausea. Ese estado que no lleva al suicidio, pero que como se sufre. La angustia. El sin-sentido de la vida.
Es muy probable, o al menos así lo sentimos muchos, que nuestra vida en sí no tiene ningún sentido. El sentido sólo se lo darán nuestras acciones. Y esta idea existencialista no es en sí mala, es muy optimista. Abre las puertas a la libertad, somos lo que decidimos ser. No hay caminos manifiestos ni cadenas. Sin embargo, junto viene a nuestra alma el sentimiento del desamparo, la angustia por la toma de decisiones, la falta de una guía para la vida, la absoluta incertidumbre ante la muerte o la certeza de que después la nada será aún más grande.
Detengámonos un segundo en la idea anterior. La religión le brinda a los creyentes antes que nada el significado último de la vida. La idea de Dios es tan grande, y por lo mismo tan peligrosa, que es capaz de dar respuestas a todo. Un católico sabe que su fin último es llegar a la gracia de Dios. Un musulmán es capaz de matar 100 civiles con tal de llegar a un hipotético cielo. Pero eso no es todo, además te da protección. Los pescadores mexicanos tras nueve meses en el pacífico sentían que había una fuerza tan grande como la de dios para llevarlos por buen camino. Sólo en sus manos está la decisión de darles un día de vida más o ahogarlos en el mar. Ese poder absoluto, tan temible, brinda amparo. Y no sólo eso, le quita la preocupación al ser humano entre lo que está bien o mal. Dios ya entregó en sobre lacrado todas las normas de conducta, sean los 10 mandamientos o la mente del Papa.
Así que no es extraño sentirse desamparado cuando no tenemos a Dios con nosotros. Tampoco que todas nuestras decisiones caigan sobre nuestras espaldas como lozas, es lógico, cada una de esas decisiones desembocaran no sólo en lo único que somos, también definirán lo que sentimos respecto a los demás. Ya no existen los libritos llenos de respuestas, acabaron por ser insuficientes. Ni siquiera la Ciencia, el reino del ello, a la que la humanidad le apostó todo durante los últimos siglos ha logrado aliviar la situación de los que ahora padecemos. Fue un error, se buscó algo donde no estaba ni nunca había estado.
Las respuestas están no afuera, están adentro.
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